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BOOK TRAILER DE CAMINOS PARALELOS





FICHA DE LA NOVELA




TÍTULO

Caminos paralelos

NOVELA DE
Jose Miguel Martínez Manzanera

IDEA MATRIZ
Todos estamos interconectados, y con nuestras acciones condicionamos nuestra realidad. Esta novela
lleva esto al extremo.

IDEAS PARA LA PROMOCIÓN DE ESTA NOVELA
Esta, es una novela de crecimiento personal. En ella se empuja al lector a ver dentro de sí mismo y a
cuestionarse cosas. El regusto tras leerla invita a meditar sobre diferentes posibilidades que siempre le
rondan a uno por la cabeza, pero a las que nunca les solemos prestar atención. Es una novela intimista,
muy personal en cuanto a lo que me mueve a mí, como autor, por dentro. Creo no, sé firmemente, que
todos podemos aprender de nuestros conflictos, porque lo he vivido yo, en mis propias carnes, y también
lo he visto en cientos de ocasiones y en personas muy diferentes. Sólo necesitamos las herramientas
adecuadas.
No sé si esto podrá ayudar para que se tenga una idea de hacia adónde se dirige esta novela, cuál es su
público... Las historias de verdad, esas que tocan, hay que contarlas.

SINOPSIS

Desde que Manuel intentó evitar que una joven saltara al vacío desde el puente de Cangas de Onís, se
desataron una serie de extraños acontecimientos en su vida. El singular medallón que encuentra en el
interior de su chaqueta será su única pista para averiguar quién es ella realmente.
Lo que no sabe Manuel es que, al emprender esta búsqueda, tendrá que enfrentarse a su propio pasado,
una historia familiar oculta de la que lleva huyendo más de quince años, y donde no cuenta con más
ayuda que la de su tía para descifrar la verdad.
La oscura e inquietante relación que se fragua entre los personajes de esta novela, teje un inesperado final
que descolocará por completo al lector, quien hasta ese momento no sabrá nada sobre el "verdadero"
argumento de la misma, ni sobre qué ha sido realmente de la chica que saltó del puente, ni tampoco sobre
la verdadera protagonista de la historia.

RESUMEN DEL ARGUMENTO

Encarni sacó el medallón y se lo ofreció a su sobrino. Al principio, Manuel no se
percató del significado de las palabras de su tía y lo miró sin inmutarse demasiado,
aunque algo de pronto cambió cuando procesó lo que acababa de escuchar.
―Pero, ¿cómo...? ¡No es posible!
El medallón parecía igual al que él recordaba, y lo más extraño de todo: ¡tenía la
misma muesca que se hizo cuando se le cayó en el bar!

Miró a Encarni, ojiplático.
―Tía, esta muesca se la hice yo durante el coma que sufrí. ¡Es imposible que esté
aquí!

Este pequeño diálogo entre Encarni y de Manuel abre el desenlace final de la novela. Un desenlace muy
lejano a cualquier idea que el lector pueda haberse hecho hasta ese momento. Pero para llegar a él hay que
saber que, en realidad, Manuel había permanecido los dos últimos meses en estado de coma, aunque él no
era consciente de esto; es decir, que pensaba que su vida había transcurrido con la misma cotidianidad de
siempre. A él, todo lo que pasó durante ese periodo le pareció real, no una especie de sueño.
Y es que... esta historia tiene mucho jugo.
Para nada pensaba Manuel que la decisión que había tomado de abandonar a su mujer (a la que pilló con
su mejor amigo en la cama), su trabajo y el lugar donde vivía (Cangas de Onís) y volver a casa de su tía
(Encarni), en el pueblo donde nació y pasó su niñez, era irreal, que no sucedió de verdad, que fue algo
creado en su mente por obra de su propia tía durante su estado de coma.


Aquí tenemos los dos lugares donde se desarrolla la historia, en Asturias.

 

¿Insinuo que Encarni, la tía de Manuel, es una bruja o algo por el estilo? Supongo que es una duda que puede surgir ante el hecho de que no es muy normal que alguien pueda interferir en la mente de otra persona durante un estado de coma. Bueno... pues sí. Algo de eso hay. Aunque antes de tocar ese tema necesito hablar del pasado de Manuel.

¿Tan malo fue?

 

Luisa giró lentamente la cabeza y fijó sus ojos en los de su hijo.

Nunca debiste nacer.

Aquellas palabras pronunciadas con un tono glacial penetraron como una daga dentro del corazón de Manuel. Tragó saliva.

Mamá, ¿por qué dices eso?

Tú fuiste otro error más. Nunca debió pasar ―dijo Luisa entre dos mundos, uno en aquella habitación y, otro, en algún recoveco del pasado.

Pero, ¿por qué? ¿Tan poco me quieres? ¿Tan espantoso es tener un hijo como yo?

Luisa alargó la mano hacia la cara de su hijo con intención de acariciarla, pero a mitad de camino algo la frenó y retornó adentro de donde quisiera que se escondiese su alma.

 

¿Responde esto a la pregunta? ¡Ah, perdón!... Vayamos con las presentaciones. Esta es Luisa, la madre del protagonista. Muy maja ella. Se puede entender por qué Manuel tuvo que huir de su pueblo para buscar algo de cariño en otro lugar (hay que decir que su madre era la menos mala de su familia). Lo que ocurre es que el cariño no se puede empezar a buscar nunca fuera de uno mismo, porque la salida de los conflictos siempre es hacia adentro. Esto Manuel no lo sabía en su momento, pero su tía sí.

Así que Encarni aprovechó el intento de suicidio de su sobrino y los dos meses de inconsciencia en el hospital para reconducir la vida de Manuel. Intento de suicidio, sí. Saltó al vacío desde el puente de Cangas de Onís. Estuvo a punto de acabar de la peor de las maneras. Si de verdad quería suicidarse o era una simple llamada de atención es algo que se acaba revelando en la novela.

 

Este es el puente de Cangas de Onís. Una persona podría matarse al saltar (21 metros de altura), o tal vez el agua amortiguara su caída. También está el lecho del río, con sus piedras contra las que podría impactar. Quién sabe, en la novela hay dos saltos al vacío desde este puente y uno acaba en coma; el otro, en la búsqueda de Claudia a través de un misterioso medallón (luego os cuento mejor quién es Claudia y cómo es de importante este medallón).

 

Pero no solo la madre de Manuel era una mala persona. Su padre también era de aúpa.

 

Papá, ¿tú podrías construirme una pizarra?

¿Una pizarra? ―Tasio frunció el ceño―. ¿Y para qué quieres tú una pizarra?

He decidido que quiero ser maestro ―dijo Manuel orgulloso.

Tasio soltó el formón y se levantó del taburete de trabajo, dirigiéndose malhumorado hacia su hijo. Manuel no supo lo que había hecho mal, pero el miedo lo atenazó por dentro y entendió que de algún modo había metido la pata, ya que su padre estaba a punto de regañarle por algo. Esperaba que no se quitara el cinturón al menos, ya que la última vez había sido muy doloroso.

Tasio agarró a Manuel del hombro y lo zarandeó violentamente.

Tú no vas a ser ningún maestro muerto de hambre, ¿me entiendes? Tú vas a seguir mis pasos y continuarás levantando y haciendo grande el negocio familiar, ¿te queda claro?

Manuel asintió con la cabeza, temblando y rogando por que eso fuera todo.

 

Esa era la tónica con su padre: vivir con miedo e intentando no contradecirle mientras luchaba, a su vez, por estar a la altura de sus expectativas, como cualquier buen hijo. Aunque esa tónica durará poco, ya que Tasio muere pronto... Todo porque un día se ve con el derecho de violar a la criada, que para eso le pertenece, como todo en la vida, por derecho propio. Y ante esto, su padre (Anselmo), quien también sirve en casa de Tasio, intenta vengarla. Tasio se defiende y en el forcejeo acaba con la vida de Anselmo, hundiendo un abrecartas en su estómago. Este hecho lo lleva a la cárcel, donde es asesinado a su vez, poco después, por orden de Luisa, su propia mujer, a modo de venganza.

¡Justicia divina!

Así era la família de Manuel: todo amor. Por no hablar de los abuelos. Aquello era un choque de clanes forjados en lo peor de la España más profunda... pero volvamos a su padre, a Tasio. Lo último que recuerda Manuel de él en la novela es cuando se lo lleva la guardia civil:

 

Esto no quedará así ―le decía Tasio, amenazante.

Unos hombres vestidos con uniforme verde y un sombrero negro, extraño y muy brillante, esperaban a su padre fuera de la vivienda.

Manuel miraba la escena sin pestañear y sin comprender nada. Tasio, totalmente fuera de sí, pasó por su lado casi sin mirarlo. Finalmente, pareció pensárselo mejor y paró un segundo. Dejó la maleta en el suelo y se volvió hacia Manuel, acariciándole y despeinándole el pelo con cara seria.

Tranquilo, hijo ―le dijo―, todo se arreglará.

Aquella, fue la última vez que Manuel vio a su padre.

 

Con esta y otras cuantas situaciones más para tirarse de los pelos, Luisa, la madre de Manuel, acabó enloqueciendo y fue recluida en un psiquiátrico, donde aún sigue a día de hoy, y donde Manuel no ha llegado a visitarla ni una sola vez en más de quince años. O al menos es lo que Manuel piensa que ha pasado (recordemos que eso es lo que su tía le hace creer mientras está en coma).

Por supuesto, cuando en casa solo se ve indiferencia y odio, tanto hacia uno mismo como entre padres y abuelos, llega un momento en que el umbral de tolerancia de la persona se sobrepasa y no se puede soportar más. Es entonces cuando se toman decisiones drásticas como la de abandonar el propio hogar para buscar una oportunidad de vivir en otro lugar (digo vivir y no sobrevivir). Y así lo hizo Manuel.

Pese a esto, en todo infierno siempre hay una luz. En el caso de Manuel fueron dos. Una fue su tía, Encarni. La otra fue Claudia, la hija de la criada que vivió con ellos en casa, cuando Manuel era un niño. Sí, su madre era la misma que fue violada por Tasio. Precisamente por esto, Claudia fue una luz únicamente durante su niñez, porque al regresar Manuel al pueblo después de tantos años y buscar a la que fue su amiga y su refugio dentro de aquella casa de locos en la que vivía, se encontró con todo el odio que había desatado en ella la violación de su madre, y con todos los daños colaterales que se derivaron a consecuencia de la misma. Fue un episodio muy desagradable para Manuel.

 

Aquella muchacha cogió de un manotazo el medallón y se lo guardó, sin dejar de mirar a los ojos a Manuel, quien no comprendía nada de lo que pasaba.

Ya me lo has dado, ya te puedes marchar. Aquí no eres bienvenido ―le espetó con una mirada de auténtico desprecio.

¡Joder!, un momento… Tengo preguntas.

Claudia se le quedó mirando unos instantes.

Pues yo no tengo respuestas para ti. Lárgate.

Pero, ¿por qué te portas así conmigo? ¿Qué te he hecho yo?


Por cierto, ésta es la casa donde vivía Claudia. Está en un paraje para enmarcar, junto a unos acantilados, cerca de Llanes.

 

Es cierto, Manuel no entendía nada de lo que pasaba en aquel pueblo (donde nació y creció) después de vivir tantos años fuera. ¿Por qué Claudia lo trataba así? ¡Si eran amigos de pequeños! Y es que, él, en ese momento no sabía nada de la violación de su padre a la madre de Claudia.

¿Podría acabar convirtiéndose aquello en una historia de amor? Sólo diré una cosa, todo buen libro la tiene. Además, el hecho de que una Súper Luna de verano haga crecer la marea y los deje aislados en una cala hasta altas horas de la madrugada, a la luz de una hoguera... puede conseguir cosas increíbles.

¿Me estoy refiriendo a un desenlace feliz donde ellos superan sus diferencias y se dan cuenta de que su amor está por encima de todas sus rencillas familiares? Esto sería lo lógico, pero esta novela no tiene nada de ordinario ni es, en absoluto, predecible, ya os lo digo... ¿Cómo podríamos pasar de este momento tan romántico al momento en el que Manuel despierta del coma y se da cuenta de que nada de lo que ha vivido es real? Bueno, nada no, pero hay dos caminos paralelos (de ahí el nombre de la novela), ambos reales para Manuel, que marcan la línea de su vida y entre los que tendrá que escoger.

 

Este es el agujero en la roca de una playa cercana a las Cuevas del Mar, por donde se accede a la cala en la que se quedaron aislados Claudia y Manuel durante la Súper Luna (la parte más romántica de la novela). Las de la foto son mi mujer y mi hija. Tienes que arrastrarte como una lagartija para poder cruzar. Es maravillosa.

 

Toda la culpa de este argumento tan poco convencional es de Encarni, la verdadera artífice de lo que aquí se cuenta. Es ella y solo ella la que determina el devenir de la historia (juro que el argumento no es mío, sino suyo). Pero eso el lector no lo sabe hasta el final. Ni el personaje principal (Manuel) tampoco. Y es que, Encarni sabe mucho; es una especie de bruja buena o hechicera que está por encima de las normas mundanas y que es capaz de aprender de la vida lo que la inmensa mayoría de los mortales no puede. Me han dicho las personas que han leído la novela que se parece al personaje de Dolores Redondo que hace de tía en su trilogía sobre el Baztán. ¡Viva el realismo mágico!

 

Lo que quiero decir, cariño, es que tú vienes a este mundo con una esencia, que es lo más puro que hay en ti. Y esa esencia es una energía, digamos, incompleta y que busca completarse. Es como una pieza de un puzle que solo puede cuadrar en un sitio muy concreto. Cuando esa ficha ve el hueco que le corresponde, va a ocuparlo porque sabe que ahí encaja. Eso hiciste tú con tu familia. Nacer para ocupar el hueco que te correspondía. Y, una vez ahí, solo era cuestión de que vivieras lo que te tocara vivir para ir poco a poco perfeccionando esa energía que hay en ti. Todas las vivencias que has tenido en la vida te han conducido a lo que eres hoy. Tenías que pasar por ellas para buscar lo que te faltaba cuando viniste a este mundo.

¿Quieres decir que todo está escrito ya?

No. Para nada. Eres tú el que escribe tu propia historia. Pero tal como la escribes, atraes hacia ti diferentes tipos de energías que se plasmarán en los sucesos concretos que te van pasando en la vida. De ahí que todo tenga su sentido.

 

Tiene su miga, ¡eh! Pues ahí va otra:

 

Manuel, mi novio no se rompió la pierna por casualidad. Él intuía inconscientemente el yugo que me unía a mi madre, y tenía que hacer algo para ver si yo era capaz de romperlo y comprometerme con él de verdad. Yo, por aquel entonces, tampoco era consciente de ese pacto tácito que tenía con mi madre, y de cómo me impedía vivir mi propia vida. Solo a los años, cuando me enteré de que estaba felizmente casado, lo comprendí todo. Su pierna rota fue algo que buscó él. No es que quisiera dañarse a sí mismo, pero tenía que jugar una baza ganadora para saber si yo iba a estar a la altura. Y su inconsciente decidió por él. Y lo hizo bien.

 

En el fondo, Encarni es entrañable. Manuel la adora. Fue su segunda madre cuando era un niño, ya que la de verdad estaba demasiado enfrascada en sus batallas familiares para poder hacer el más mínimo caso a Manuel. Todo el cariño que no obtuvo de su madre lo consiguió de su tía. ¡Qué contenta se puso de volver a verlo después de tantos años!

 

Manuel, qué feliz me hace verte. Creía que nunca más vería tu cara.

Bajó la cabeza y las emociones contenidas durante tantos años salieron a borbotones, contagiando a Manuel y fundiéndose ambos en un abrazo que duró unos minutos, hasta que los dos se vaciaron y pudieron comenzar a hablar sin un peso en el pecho que les impidiera hacerlo. Encarni limpió con ternura las lágrimas de la cara de Manuel.

 

Sí, le hizo mucha ilusión volver a ver a su sobrino. Encarni es increíble...

 

Pero, por otra parte, donde hay luz no puede haber oscuridad, y quien es capaz de encender una llama en el momento oportuno puede iluminar el camino de un alma torturada, aunque solo sea momentáneamente…

 

Pero claro, y cambiando de tema, el que Manuel decidiera salir de Cangas de Onís y volver a su pueblo natal, cerca de Llanes, después de tantos años, tiene un porqué... Os lo contaré:

Aunque es cierto que estaba pasando por un mal momento en su vida y que acababa de pillar a su mujer con su mejor amigo en la cama, Manuel vio saltar a una muchacha (que le sonaba de algo) por el puente de Cangas de Onís con la intención de suicidarse. Trató de impedirlo, pero no pudo. La muchacha también parecía conocerlo a él, ya que se le quedó mirando de una manera muy peculiar, de ahí que aún le extrañara más el hecho de que saltara tras comprobar que era él.

Cuando se asomó por el murete del puente, Manuel la vio en la orilla inconsciente. bajó a buscarla y, al llegar, ella ya no estaba. Había desaparecido. Pero con las prisas había olvidado allí el abrigo verde que llevaba. Manuel rebuscó en su interior y encontró cosido al forro un medallón muy extraño, plagado de símbolos.

Esto lo utilizó como aliciente para escapar de su vida. Necesitaba un cambio drástico, y el reto de encontrar a aquella muchacha le brindó la posibilidad de dar con él.



Los símbolos del medallón tienen mucho que ver con lo que el protagonista de la historia tiene que aprender

 

Aunque, cuanto más buscaba a la chica, las pruebas que iba encontrando más le empujaban a volver a su pueblo natal, donde tendría que acabar enfrentándose a su pasado. Una oscura historia familiar le estaba esperando, y ya no podía eludir más su responsabilidad ante todo lo que pasó.

Lo que no sabía aún era que aquella chica a la que vió saltar del puente era el amor de su vida, y que era la misma que jugaba con él en casa de sus padres cuando eran pequeños, y cuya madre fue violada por Tasio, su padre.

Tampoco sabía que la realidad de todo lo que pasó no era tal cual él la recordaba. Sólo después del coma empieza a entender.

Esto es así... o no. Al final, ya no sé si estoy hablando de un sueño o de lo que me pasó en realidad.

Esta es la historia, entre otras cosas, de la búsqueda de una chica (un amor) que oculta otra verdadera búsqueda: la de uno mismo, y donde parece que al lector siempre se le escapa algo y que las cosas no terminan de encajar... hasta el final.

¿Os lo vais a perder?

 

 

FICHA DE PERSONAJES

 

Personajes principales:

•       Manuel: personaje principal. Se enfrenta a la búsqueda de sí mismo a través de una trama que nada parece tener que ver con esto.

•       Encarni: tía de Manuel y la verdadera artífice del argumento de la novela.

•       Claudia: amiga de Manuel en la niñez, posible amor en la historia que se cuenta.

•       Padres de Manuel: Tasio Fernández Menéndez y Luisa Díaz Alonso. Ambos víctimas y verdugos en la oscura trama familiar que se desarrolla en la novela.


Personajes secundarios:

•       Abuelos paternos de Manuel: Anastasio Fernández y Lucrecia Menéndez. Coartífices, junto con sus abuelos maternos, de toda la historia negra de la família.

•       Abuelos maternos: Antonio Díaz y Teresa Alonso

•       Sirvientes en casa de Manuel durante su niñez: Anselmo y Virtudes (matrimonio), Anita (hija de estos y madre de Claudia. Es violada por Tasio en la novela).

•       Sonia: mujer de Manuel. Es pillada en la cama por este con su mejor amigo.

•       Marco: mejor amigo de Manuel.

•       Rodrigo Álvarez: Juez, amigo de Tasio; aunque acaba condenándolo a la cárcel al ser extorsionado por Antonio Díaz.

•       Clotilde: secretaria del juez Álvarez.

•       Sor María: monja al cuidado de Luisa, la madre de Manuel, en el hospital psiquiátrico donde se halla interna.

•       Fernando Zárate: alcaide de la prisión donde encierran a Tasio.

•       Paco “El Sardinas”: compañero de celda de Tasio, y su asesino.

•       Bernardo: jefe de los alguaciles de la cárcel. Descubre el cadáver de Tasio en su celda.

•       Fernando Álvarez: el hermano del juez y a amigo de Tasio.

•       Rafael Esparza: director del colegio donde trabaja Manuel, en Cangas de Onís.

 

ESTRUCTURA

Esta novela parte de un momento nefasto en la vida de Manuel, donde no ve salida a su situación. El intento de suicidio de una joven, que huye de él dejando abandonado un misterioso medallón, le dará un aliciente para seguir luchando por algo. A partir de ese momento se enfrasca de lleno en la búsqueda de la chica. Pero esa búsqueda acabará convirtiéndose en una búsqueda de sí mismo. Manuel abandona su lugar de residencia (Cangas de Onís) para ir a buscar a la joven al lugar donde se crió, cerca de Llanes. Allí, tiene que enfrentarse a su oscuro pasado, que se va desvelando a medida que transcurre la novela, mientras rehace la relación con una antigua amiga de la infancia, que resulta ser la misma joven que intentó suicidarse ante sus ojos.

La historia romántica que parece desatarse entre ambos se rompe en el momento en el que Manuel ya está preparado para salir de su estado de coma y enfrentarse a su realidad… Porque al final, resulta ser la tía del protagonista la que lo ha guiado durante todo su estado de coma para que pudiera perdonarse a sí mismo por todo lo vivido, que nos será revelado en el último capítulo, describiendo una realidad totalmente diferente de la vida de Manuel de la que se nos ha insinuado durante la novela.

 

¿CUÁLES SON LOS ASPECTOS DE MAYOR INTERÉS DE ESTA NOVELA?

El lector es llevado en todo momento por una senda que sigue obediente, donde intuye y desea encontrar una historia de amor entre Manuel y Claudia, como colofón de un final feliz. Solo en las últimas páginas descubre el verdadero trasfondo de la historia, creando un final de mucho impacto emocional por la rotura de esquemas mentales que produce.

 

ALGUNOS DATOS SOBRE EL AUTOR

Nací en Segorbe (Castellón) en 1978. Vivo desde siempre en Castellón y he estudiado Ciencias de la Actividad Física y del Deporte en Valencia. He realizado una intensa formación durante cinco años en educación emocional y método DEEP en el Instituto THB, del cual formo parte. Trabajo en la Universidad Jaume I de Castellón desde 2002. He sido atleta internacional en salto con pértiga, al cual me he dedicado durante más de quince años. Siento pasión por aprender, y dentro de este aprendizaje me fascina ahondar en qué tengo que ver yo ante las cosas que me suceden en la vida y qué puedo aprender de estas situaciones. Estoy casado con Azucena, una persona encantadora de la que cada día aprendo algo nuevo, y tenemos una hija, Nora, de nueve años, a la que queremos con locura y que, desde que llegó, ha puesto nuestra vida patas arriba. Ella nos abrió el camino hacia el amor incondicional.

HISTORIAL PROFESIONAL

Soy licenciado en educación física y trabajo desde 2002 en administración deportiva en el Servicio de Deportes de la Universidad Jaume I de Castellón, aunque lo que me llevó a escribir sobre temas que tocaran muy adentro fue mi formación en educación emocional. Soy especialista en el método DEEP, con el cual se accede al inconsciente de las personas y puedes ver el rastro que dejan los conflictos emocionales en la vida de la gente. Esto me ha llevado a poder crear muchas historias que nada tienen de inventado, porque como ya se sabe, muchas veces la realidad supera a la ficción.

 

OBRA LITERARIA PREVIA

•       Amarillo sobre negro. ACEN, 2011

 

 BIBLIOGRAFÍA DE LA NOVELA

•       Educación emocional. El principio del cambio. Jaume Campos. Granica, 2016

•       La biología de la creencia. Bruce Lipton. La esfera de los libros, 10ª edición. 2016

•       Más allá del biocentrismo. Robert Lanza. Sirio, 2018

•       Consciencia. Emilio Carrillo. Sirio, 2017

•       El tránsito. Emilio Carrillo. Sirio, 2015


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ÍNDICE DE CAPÍTULOS. ESTRUCTURA GENERAL

  1. ¡Escucha de una vez las señales!

 2. Se abre la caja de Pandora

 3. La única salida

 4. La partida

      5. Matrimonio de conveniencia

      6. De regreso al origen

      7. No juegues con lo que no es tuyo

      8. La joven del chaquetón verde

      9. La importancia de tener un buen cuñado

      10. Un encuentro desagradable

      11. Tensando la cuerda

      12. Polvo y trastos viejos

      13. Todo tiene su porqué

      14. Cerrando capítulos

      15. La llamada

      16. La serrería

      17. La autopsia

      18. La playa

      19. Segundas partes…

      20. Amenazas

      21. Los entierros

      22. Los viejos fantasmas vuelven

      23. La decadencia de una mente

      24. Pactar un asesinato

      25. El medallón

      26. El principio del fin de Luisa

      27. Una sorpresa

      28. La vida sigue…

      29. La gota que colmó el vaso

      30. La súper Luna

      31. El hospital

      32. El inicio de una nueva vida

 

 

UN CAPÍTULO (DE MUESTRA)



 

CAMINOS

PARALELOS

 

Jose Miguel Martínez Manzanera

 

 

 

 

 

 

 

1. ¡Escucha de una vez las señales!

 

 

 

 

 

 

Manuel aparcó en la puerta de un antiguo caserón señorial venido a menos, empapado por la ligera lluvia que caía desde primeras horas de la mañana. La fachada daba muestras de haber soportado mucha humedad en los numerosos años de vida que tenía ya. Resquicios de hongos y suciedad engrisecían el aspecto de aquella casa que, pese a todo, no era sino el reflejo del resto de las aledañas.

Sentía en su interior la chispa que necesitaba para prender la mecha y darle la vuelta a todo. Lo veía claro mientras agarraba con fuerza el volante y su mirada se perdía, junto a las gotas de lluvia, más allá del salpicadero. Algo le decía que no se equivocaba, que aquel era el camino.

Se aferró a esta idea como a un clavo ardiendo. De momento era su único punto de referencia. Parecía el resquicio de luz que tanto buscaba, que tanto ansiaba. Iría a por él sin dudarlo. Era el momento de dar el paso.

Antes de bajar del coche tomó aire y echó la vista atrás. Todo había comenzado repentinamente el día anterior, con la llamada de su tía. Le había dado una mala noticia.

 

 

 

 

Después de colgar volvió a clase.

Aquella mañana, el gris del aula de tercero de primaria se le hacía insoportable. Los niños, que se suponía debían estar centrados en las tareas que les acababa de mandar, se escapaban a su autoridad y él se veía impotente ante tal situación. Ya llevaba tiempo sintiendo que la docencia no era lo suyo. Había camuflado aquella sensación de impotencia, desidia y desmotivación con golpes de autoridad ante aquellos mocosos, pero cada día se le hacía más cuesta arriba imponerse a sus alumnos y, sobre todo, seguir encontrando fuerzas en aquella lucha interna que mantenía consigo mismo para levantarse cada mañana y continuar con aquello que le ocupaba más de la mitad de su día y con lo que sentía que perdía el tiempo y se le escapaba la vida.

Sentado en su mesa con los brazos cruzados, miraba cómo los niños simulaban realizar sus tareas, para las que ya habían tenido tiempo más que de sobra. Mientras, él prolongaba la llegada del momento de romper aquellos instantes de paz y reflexión personal y tener que seguir con su inexorable cometido de adoctrinar a aquellos niños en los que no creía, de los que se había convencido a sí mismo que estaban ya aleccionados por una sociedad contra la que él no podía luchar.

Esta reflexión le hizo caer más en la desesperación de no ver la salida y, de repente, el gris se volvió más oscuro, el techo y las paredes se movieron más de la cuenta, y los estáticos pupitres se tornaron turbios a su mirada. Sus ojos perdieron el punto fijo al que miraban y rotaron en semicírculo antes de perderse las pupilas por la parte alta de sus párpados superiores.

Cuando volvió en sí estaba en el suelo. Los niños se habían levantado de sus sillas asustados. Vio a dos o tres de ellos pellizcándose el labio inferior con una pinza de dedos y ojos de terror ante la incapacidad de saber qué hacer. Se dio cuenta entonces de que se había caído redondo al suelo y había permanecido inconsciente unos segundos.

Tratando de recobrar los resquicios de autoridad que aún le quedaban, tiró mano de su ego y se levantó enérgicamente, lo que le supuso un mareo considerable que, afortunadamente, pudo controlar agarrándose a la mesa.

―Tranquilos, estoy bien ―dijo casi más para convencerse a sí mismo que a los propios alumnos, que aún lo miraban algo asustados―. Ha sido un vahído. Volved a vuestros sitios.

Mientras intentaba recuperar la compostura se dio cuenta de que un cúmulo de emociones negativas lo habían abrumado en cuestión de segundos.

Consideró entonces sus opciones y, sin duda, lo sucedido era un motivo estupendo para irse a casa y perder de vista, al menos durante un día, aquel lugar que tanto le desagradaba últimamente. Sabía que sería solo aplazar la tortura hasta el día siguiente, pero era lo único que le quedaba.

―Falomir, sal a la pizarra y cuida de la clase. Al que se porte mal lo apuntas y no tendrá recreo. Yo… vuelvo enseguida.

Manuel salió cabizbajo y hastiado de aquella clase, camino del despacho del director. El pasillo del colegio fue como un soplo de aire fresco ante la expectativa de poder regresar aquel día a su casa y escaquearse de tener que dar las clases que aún le separaban de aquel mágico momento que eran las cinco de la tarde, cuando la alarma del colegio sonaba y él podía huir de aquel lugar. Ni qué decir tiene que los mejores timbrazos eran los del viernes por la tarde. Ahí se abría una ventana a la esperanza y al olvido durante todo un fin de semana, que de normal se le hacía muy corto.

Antes no era así.

Manuel comunicó lo que le había sucedido a la dirección del centro, echándole un poco de dramatismo que aderezaba sus razones para tener que ausentarse, ya que no se encontraba muy bien. Sabía de sobra que eso le valdría de cara al director, una persona demasiado preocupada por los demás y que, si sabías jugar tus cartas, era bastante blando y permisivo. Manuel nunca había jugado esa partida, pero aquel día lo necesitaba. No aguantaba un segundo más en aquel colegio y le urgía salir de allí cuanto antes.

Por supuesto no hubo pegas, y cuando salió al exterior se encontró imágenes inéditas para él de calles con una luz matutina a la que no estaba acostumbrado, con un tráfico de gente escaso, que no veía normal. Y lo que le vino a la cabeza fue todo lo que se perdía diariamente estando encerrado allí, en vez de estar reconociendo todos los colores, olores y formas por los que mutaban aquellas calles a lo largo del día.

Quiso, más que nunca, alejarse de su trabajo y volver a casa. Se sentía derrotado ante la vida, sin esperanzas de encontrar algo mejor, o al menos de encontrar sentido a lo que hacía. Solo podía seguir caminando a la espera de que un golpe de suerte hiciera que todo fuera distinto.

Anduvo por las calles, sorprendiéndose a sí mismo por lo desconocidas que eran para él pese a haber pasado mil veces por ellas, y dejó que el nuevo significado de aquellos lugares a aquellas horas le embriagase y le diera más matices al lugar donde vivía.

Cuando llegó a su casa sacó las llaves del bolsillo para abrir la puerta del portal y se le resbalaron de las manos, maldiciendo su suerte de nuevo. Se percató de lo sobrepasado que estaba al ver su reacción ante aquella nimiedad, y por un momento se asustó y se compadeció de sí mismo. Realmente estaba muy saturado de su vida. Tenía que hacer algo al respecto.

Llamó al ascensor y, mientras subía, su mente divagaba entre el victimismo y la rabia. De repente sintió claustrofobia ante lo cerrado de aquel lugar y un pánico que quemaba se le instaló en la boca del estómago. Cerró los ojos y respiró, centrando su atención en su agobio. Era una técnica que le habían enseñado en unas clases de Mindfullness a las que se había apuntado, junto con otros profesores, en unas jornadas formativas que organizó la Consejería de Educación. Poco a poco la ansiedad se fue diluyendo, y cuando el ascensor llegó a su piso abrió la puerta y se paró durante unos segundos en el descansillo a respirar y terminar de eliminar el miedo que aún le atenazaba en lo más profundo. Mientras se recuperaba, fijó su mirada perdida por la ventana que daba al patio interior de su edificio.

Poco a poco llegó la calma, aunque acompañada de tristeza por verse sometido a aquellas situaciones, cada vez más comunes en su vida. Sus ojos, marcados por unas arrugas de preocupación que también surcaban su frente, fueron cobrando vida mientras se fue enfocando la imagen que venía desde la ventana que había al otro lado del patio.

Lo que vio fueron unas cortinas traslúcidas que dejaban pasar la forma de unas siluetas que se movían tras ellas. Al principio no cayó, y pensó que en casa habría que cambiar las suyas de la habitación. Su mujer se lo había dicho en más de una ocasión. No eran discretas y todo el mundo podría intuir lo que hacían en el dormitorio desde el patio.

En ese momento dio un respingo. Aquellas eran precisamente las cortinas de su habitación. Se le heló la sangre, ¿qué era aquello que se movía tras ellas?

Mil escenarios surcaron su mente, pero el que más le atenazaba y que, a la vez, más quería evitar, era el de una posible infidelidad de su mujer.

Sacó rápidamente aquella idea de su cabeza y quitó la vista de lo que había detrás de aquellas cortinas. Se encaminó hacia la puerta de entrada negando con todo su cuerpo, pero cuando iba a introducir la llave en el paño algo en él cambió. Se dio cuenta de lo obvio y aceptó que aquello que tanto miedo le daba era una posibilidad. De modo que con el menor ruido posible introdujo la llave y giró la cerradura. La puerta se abrió sin un solo quejido, dándole acceso al que era su mundo, su rincón de seguridad, pese a que últimamente incluso los capítulos de ansiedad se habían dado alguna que otra vez allí.

Aguzó sus oídos y se quedó petrificado. Se oyeron unos gemidos que provenían del fondo de la casa. No se molestó ni en cerrar la puerta. Avanzó por el pasillo a hurtadillas y, cuanto más se iba acercando a su habitación, más grande se iba haciendo el fantasma. Los últimos pasos antes de llegar a lo inevitable le quemaban el pecho, el aire a duras penas le entraba y la garganta se le secaba ante lo que sus ojos estaban a punto de ver.

Asomó la cabeza tras el marco de la puerta y vio la figura desnuda de su mujer cabalgando sobre Marco, uno de sus mejores amigos desde hacía muchos años.

Quiso hacer algo, romperle la cabeza a aquel indeseable y llamar puta a su mujer a gritos, o tal vez ir a por un cuchillo a la cocina y acojonar a ambos, hacerles salir desnudos de casa mientras se desahogaba con ellos. O quizá hacerles sentir como escoria simplemente dejándose ver… Fueron muchas las ideas que se le pasaron por la cabeza en pocos segundos, pero el dolor era muy grande, y lo único que pudo hacer fue cerrar los ojos mientras se le escapaba una lágrima, darse la vuelta y desandar el camino que le separaba de la puerta.

Sonia, su mujer, y Marco, no se percataron de su presencia, y mientras él abandonaba la casa los gemidos se iban convirtiendo en tímidos gritos de placer, lo que aún hizo más trizas su ya de por sí desdichada alma.

Cerró la puerta tras de sí y se lanzó escaleras abajo, loco por salir de aquel edificio. Durante el trayecto, los peldaños se hicieron borrosos y pudo salvar por suerte y gracias a la barandilla algún que otro buen porrazo que parecía garantizado. Cuando salió del portal no recordaba las calles. Su cabeza, totalmente bloqueada, le guiaba improvisando y dando vueltas sin sentido, recorriendo otra vez lo que tantas veces había transitado, sin un destino fijo.

Media hora más tarde llegó hasta él una brisa fresca y húmeda, con olor a hojas putrefactas, que le llevó hasta el puente romano que cruzaba el río Sella. Se paró para observa su belleza con lágrimas en los ojos. Sin duda era lo más bonito del pueblo. De repente, se fijó que había una mujer en lo alto con un abrigo de color verde que le llegaba hasta la altura de las rodillas. Era morena, de pelo largo y calculaba que tendría treinta y tantos. Estaba asomada observando algo que había abajo. Se quedó mirándola sin reaccionar. Era como si de pronto se hubiera quedado sin fuerzas para seguir adelante. Estaba fundido, desencantado y hastiado. En aquel momento le era indiferente vivir o morir. Las dos cosas las hubiera aceptado. Mientras reflexionaba sobre esto, algo le devolvió a la realidad. La mujer había subido una pierna por encima del muro del puente. No podía ser… ¿No pretendería saltar?

Se quedó durante unos segundos totalmente bloqueado, como si aquello fuera una película y no la vida real. Pasó un tiempo, que Manuel no sabría determinar, antes de que fuera capaz de dilucidar que tenía que hacer algo. En aquel momento volvió a sentir sus pies, sus piernas, sus manos, todo su cuerpo, y salió corriendo en dirección al puente.

―¡Noooo, paraaaa… No lo hagaaas!

La muchacha se giró, vio cómo Manuel se le acercaba y se puso nerviosa. Miraba a intervalos a aquel hombre que corría hacia ella y al fondo del río, que pasaba con bastante caudal. Si saltaba la muerte era probable, pero no segura. Aquel era un puente alto, pero quizá no lo suficiente.

Manuel ya estaba a tan solo unos metros de ella. Aminoró su marcha, extendió los brazos hacia delante, haciendo la señal de stop con las manos.

―¡Por favor! ¡No, espera! Podemos hablar.

Ella no hacía más que mirar a un lado y al otro. Manuel sabía que estaba a punto de colapsar, se le notaba. Tal vez no era muy buena idea acercarse más, quizá debería hablar con ella desde allí y convencerla de que no era buena idea saltar.

La muchacha giró una vez más la cabeza hacia Manuel y por primera vez el pelo largo dejó al descubierto su cara. Algo familiar le llegó a Manuel de aquel rostro, pero desechó este pensamiento.

―Piénsalo un poco, ¿crees que es la mejor solución? Con un poco de suerte quizá te mates, pero fíjate en la altura, lo más probable es que te rompas unos cuantos huesos y te quedes con tus problemas y además con un dolor insoportable y unos meses de hospital de regalo. ¿Vale la pena?

No sabía de dónde salía, de repente, aquella tranquilidad con la que hablaba.

―¡Tú no lo entiendes…!

Ella, bajó la mirada, arrugó la frente como pocos minutos antes había hecho Manuel, y tomó una decisión.

―!Noooo! ―volvió a gritar Manuel por última vez, mientras veía como aquella mujer se precipitaba al vacío.

Corrió los escasos diez metros que lo separaban de ella y se asomó. Buscó frenético su presencia en el agua, pero solo veía la zona de espuma donde había impactado el cuerpo… Se derrumbó. Apoyó su frente en el murete del puente y lloró desconsolado sin cortapisas. Sus lágrimas cayeron hasta la punta de su nariz, y de ahí al suelo. Aquello parecía una fuente, tampoco quiso reprimirlas, lo necesitaba.

Algo le hizo volver a buscar en el agua. Su cuerpo tenía que verse antes o después, ya que aquel río no tenía tanta profundidad. Tras varios segundos de interminable búsqueda, vio su figura tirada en la orilla, unos veinte metros más adelante. Parecía inconsciente.

Manuel no se lo pensó y corrió hacia el principio del puente. Fueron veinte metros que se le hicieron interminables por el irregular empedrado. Una vez alcanzó el principio de aquel murete, tuvo que bajar un ribazo, que había sido construido expresamente para las crecidas durante las tormentas de verano o el deshielo de finales de la primavera, por unas escaleras que lo llevaron hasta el lecho del río. Allí no le quedaba otra que echarse al agua y nadar hasta la chica, ya que las plantas de la ribera eran demasiado densas para permitirle andar.

Pese al calor de aquellos días el frío del agua cortó la respiración a Manuel quien, con la garganta medio cerrada ante los nervios generados, trató de avanzar a favor de la corriente, pegado a la orilla, en busca de aquella mujer.

A los pocos metros divisó algo verde en la orilla. Intentó huir de la corriente, que levantaba pequeñas olas de espuma blanca y, con sumo esfuerzo, logró acercarse al lugar donde había visto a la mujer. La corriente parecía menos fuerte desde lo alto del puente.

Su cara palideció cuando logró salir del río. Al acercarse al lugar donde creyó haberla visto, allí solo estaba el chaquetón verde, ni rastro de la chica. La llamó a gritos, intentando localizarla, avanzó varios metros entre la espesura de la maleza, que en aquel punto no era tan densa ya, pero algo le dijo que ella no quería dejarse encontrar y, aunque contrariado, aceptó aquello y dejó de buscar. Sus razones tendría.

Cogió el chaquetón, de tela muy fina, utilizado más como complemento que como prenda real de abrigo ante aquel tiempo casi veraniego que hacía. Manuel, un poco más tranquilo, buscó en los bolsillos con la esperanza de encontrar alguna cartera con identificación o algo por el estilo, pero tras rebuscar y rebuscar no halló nada. Aun así, aquello pesaba más de la cuenta, y no era por el agua que lo había empapado. Lo movió en el aire y notó un punto más crítico, más denso, de modo que buscó con las manos palpando la tela. De pronto encontró algo duro como una piedra, pero plano, más bien parecía una moneda, pero más grande… Palpó el lugar por donde poder acceder a aquello, pero no había ningún bolsillo a la vista. Manuel se desesperó y rasgó la tela para acceder a aquel objeto. Tras rebuscar con la mano descubrió que era algo que estaba cosido al forro interior. Tiró fuerte y lo extrajo, arrancándolo. Lo que encontró fue un medallón. Lo depositó en el suelo, desentendiéndose momentáneamente de él. Se sentó al sol a secarse la ropa y recuperar el aliento, y a dejar que el tiempo corriera sin pensar en nada.

“¡Joder! Cómo pesaban los problemas”.

Lo que le había sucedido aquel día era muy extraño y desmoralizante.

Tras unos minutos donde encontró algo de paz en aquel turbio día, recuperó el objeto que se hallaba a su lado y se puso a mirarlo. Aquel medallón ocupaba ahora gran parte de la palma de su mano. Su ropa ya no pesaba, seguía mojada pero había perdido una gran cantidad de humedad.

Era extraño, inusualmente grande y parecía de oro macizo, con símbolos que no conocía tallados a mano. Estaba claro que era artesanal, algo rudo. Se quedó con la vista fija, hipnotizado ante lo peculiar de aquello.

Nunca antes había visto algo igual, solo en las películas. Parecía antiguo y valioso, como los doblones de los piratas, pero esto no era ningún doblón. Tal vez fuera propiedad de la familia de aquella chica desde generaciones atrás; si lo llevaba cosido en el interior del abrigo de aquella manera era porque tendría un alto valor, sin duda. Pero entonces, ¿por qué se dejaba el abrigo allí abandonado? ¿Las prisas de huir de él, los nervios…? ¿Y si lo abandonó intencionadamente? Desde luego, aquello daba para fantasear.

Decidió permanecer allí un rato más. En cuanto la chica se diera cuenta de que lo había olvidado seguro que volvía a por él. Entonces podría preguntarle por las razones de lo que había hecho.

Manuel estuvo sentado pacientemente durante media hora más. Intentaba averiguar entre las plantas alguna forma moviéndose. Aguzó el oído con el fin de poder descubrir alguna presencia cercana, pero nada. Aquella chica había desaparecido. Venía una y otra vez a su mente el instante de desesperación en el que saltó por el puente, su cara era un poema. De repente, cayó en que debería de haber dejado algún rastro de agua en su huida, y que solo tenía que seguirlo. Se levantó rápidamente y empezó a buscar por los alrededores, pero acabó maldiciendo:

―¿Cómo puedo ser tan tonto? Ya se ha secado todo.

Dio una patada a un arbusto cercano que no atinó en su objetivo, provocando una hiperextensión de la rodilla que le provocó una punzada de dolor. Volvió a maldecir. El cojeo que le produjo se marchó en cuestión de segundos, apoyó la pierna. Parecía que no había sido nada serio.

Manuel volvió a su sitio y se sentó de nuevo. Volvió a observar el medallón, aquello no tenía que ser tan difícil de descifrar, por lo que se centró en sus diferentes dibujos grabados, que le parecían de lo más extraños y originales. Algunos sí que le sonaban, los había visto en multitud de grabados en cuadros, también enmarcados en algunas tiendas o en fotos de Internet. Otros no.



El medallón era redondo y dorado, de casi medio centímetro de espesor. A grandes rasgos se podía ver una especie de luna dentro de lo que parecía un sol, solo que de la parte central de la luna salían unas líneas divergentes que se acababan fundiendo con el contorno del sol.

Dentro de este conjunto luna-sol había tres símbolos ubicados longitudinalmente a lo largo de una misma línea. A la izquierda había un círculo dentro del cual había como cuatro pétalos en cruz. A continuación, una cruz con lo que parecía su reflejo, formando un todo. Manuel arrugó el entrecejo en señal de extrañeza. Finalmente, a la derecha pudo ver un círculo dentro del cual había un árbol con sus raíces. Este último símbolo sí que le sonaba más, lo había visto en colgantes de los que vendían en las paradas de hippies, durante las fiestas patronales, aunque no conocía su significado. Los otros dos símbolos, el de la cruz y el de los pétalos, no tenía ni idea de a qué podían hacer referencia; ya los buscaría por Internet.

El sol tenía a su vez una especie de cuñas invertidas hacia dentro, a modo de rayos o algo parecido, pero en la parte de fuera de cada una de esas cuñas había un total de siete símbolos, rodeando la luna y el sol.

Arriba del todo había dos tibias y una calavera, lo que a Manuel le hizo fantasear de nuevo con los doblones que había visto en los tesoros de las películas de piratas, o con los amuletos de las que eran tipo “Indiana Jones”, que marcaban a modo de localización en un mapa la ubicación de la reliquia que buscaban los protagonistas. Aunque también se acordaba de “Los Goonies”, donde la calavera marcaba el camino hacia una muerte segura.

A continuación y hacia la derecha, había una figura que no sabría definir si era un árbol con cinco ramas acabadas en punta de flecha o un tridente de cinco puntas que señalaban en todas las direcciones. El tercer símbolo era una simple línea horizontal, Manuel tampoco supo interpretarla y, sin más insistir, pasó a la siguiente. La cuarta figura era un punto, nada más. La quinta un círculo dentro del cual había un punto central del que emanaban una especie de rayos vibrando. Ni idea tampoco de lo que aquello podía simbolizar. La sexta era una línea curva a modo de sonrisa invertida o boca triste de una caricatura. Y para finalizar, la séptima figura le supuso un poco más de trabajo a Manuel el poder saber de qué se trataba. En un principio le pareció un garabato sin sentido, pero cuando se fijó más acabó viendo un símbolo de infinito (∞) entrelazado con otro símbolo de infinito.

―¿Un doble infinito? ¡Para qué tanto! En fin…

Manuel se dio cuenta de que, por el momento, nada más podía sacar de aquello.

Se levantó y se espolsó el trasero, que llevaba alguna ramita y hojas pegadas del suelo. Su ropa estaba prácticamente seca, aún conservaba algo de humedad pero a vistas no parecía ya que se hubiera pegado un baño en el río hacía menos de una hora. Aun así decidió volver a casa a cambiarse.

Conforme lo pensó una punzada le atravesó el pecho y recordó lo que había visto aquella misma mañana. Antes o después llegaría el momento en que tuviera que enfrentarse a su mujer… Su mujer; bueno, en realidad no estaban casados… pero independientemente de esto, no le apetecía que fuera en ese momento. Aun así, sus pies se pusieron en marcha en dirección a su hogar.

No sabía cómo, pero iba avanzando mientras intentaba tragar una saliva que no llegaba a su garganta. ¿Qué le diría? ¿Cómo reaccionaría cuando la viera? Sentía mucho miedo, tanto que pensó que todo su ser se iba a bloquear de repente e implosionar. Pero por algún extraño motivo sus pies seguían moviéndose en dirección al piso en el que vivía. La gente pasaba por su lado pero no lo miraba… ¿Es que no notaban nada raro en él? ¡Si todo su esfuerzo lo estaba concentrando en no derrumbarse! La realidad era que cada uno iba a lo suyo, y a nadie le importaba. Ni una simple mirada de alarma ante un moribundo, ante un muerto viviente que iba pululando por las calles con la mente perdida. Por más que intentaba que se fijasen en él, era invisible, nadie podía notar su dolor.

Dejó que este dolor se expandiera más en su pecho, a ver si por fin algún alma caritativa podía verlo y prestarle la ayuda y la comprensión que necesitaba, pero nada. Las personas pasaban por su lado en las aceras, inmersos en sus mundos y ajenos al de los demás. Se sintió, si cabe, más solo. No había nadie en el mundo al que le importara.

Empezó a hiperventilar, y se obligó a parar y apoyarse en la pared para no caer al suelo. Esta vez sí, una mujer de unos sesenta años lo miró de reojo cuando pasaba por su lado, pero tampoco se paró a preguntarle qué le sucedía. Él le rogó algo de afecto con la mirada, pero su intención pasó inadvertida.

Cerró los ojos y apoyó toda la espalda en la pared de cal blanca de una casa antigua. Fue consciente de que cuando se reincorporara tendría toda la camiseta sucia de cal, pero le dio absolutamente igual. Si nadie le veía a nadie le iba a importar cómo fuera, si sucio o limpio.

Tras unos minutos de deambular de nuevo por el camino que, de manera automática le llevaba hasta su casa, consiguió llegar al portal.

Mientras subía en el ascensor, una compuerta de emociones se fue abriendo en su pecho en dirección a su garganta. Era algo incontrolable, como una presa que hubiera reventado y fuera incapaz de retener el agua. Un berrido de histeria, pena profunda y soledad se abrió paso por sus entrañas, y un reguero de lágrimas acompañó a aquel alma desgarrada. Se agachó en posición fetal y no se enteró hasta minutos después de que ya había llegado a su piso. Cuando levantó la cabeza y se percató que tenía que salir, la crudeza de la realidad a la que tenía que enfrentarse le sacudió con tremenda fuerza, reavivando el bocado ardiente de su pecho.

Se ayudó de los pasamanos para ponerse de pie y empujó la puerta del ascensor, accediendo al rellano. Miró de nuevo por la ventana del patio interior, esperando ver de nuevo a su mujer cabalgando sobre su amigo Marco, pero no había formas humanas moviéndose detrás de la cortina, todo parecía en calma.

Manuel se encaminó hacia su irremediable destino y con la mirada hundida consiguió abrir la puerta de su casa, preparado para dar de lleno ya con lo inevitable. Pero allí no había nadie. Estaba solo. Tal vez su mujer se hubiese ido a comprar.

Se derrumbó sobre un sofá y se permitió cerrar los ojos durante unos minutos. Su cabeza rondó por mil ideas que le venían y se iban a la velocidad del rayo. No opuso resistencia y se dejó llevar, pero esto duró poco.

Su necesidad de respuestas le hizo abrir los ojos como un resorte, sintiéndose culpable por dejarse arrastrar por la inacción, por sucumbir ante la pesadez que le provocaba la necesidad de tener que evadirse de todo aquello. Volvió a recuperar la pena y la angustia en su pecho y, como para zafarse también de aquella sensación, sacó el medallón de nuevo de su bolsillo y se quedó mirándolo. Automáticamente, se llevó la mano al otro bolsillo del pantalón y sacó también el móvil.

―Pues sí que es sumergible.

Nunca lo había probado, pero había aguantado el viaje acuático en el río perfectamente. En él podría buscar más información sobre los símbolos. Tal vez, conocer lo que aquel medallón le pudiera decir sobre aquella chica. ¡Por Dios, la chica! Se había olvidado casi de ella. ¿Dónde estaría? ¿Qué sería de ella? ¿Estaría herida? Posiblemente se hubiera hecho daño en el impacto con el río. Se le ocurrió que quizá podría llamar al centro sanitario y preguntar si habían recibido su visita, alegando que él mismo había intentado salvarla en su intento de suicidio. Además, no había más que un centro médico cercano, por lo que si había ido a recibir ayuda médica tenía que haber sido por fuerza al del pueblo. Así que abandonó por el momento la búsqueda de los símbolos del medallón y decidió buscar el número de teléfono en Google.

Nadie sabía nada de ninguna chica como la que él describía.

―Era de estatura media, delgada, pelo largo, morena, con un abrigo ver… No recuerdo exactamente cómo iba vestida, pero se lanzó al río y cuando bajé a por ella había desaparecido de la orilla.

Pero nada, allí no había aparecido nadie con aquellas características. Tal vez no quisieran revelar datos por lo de no incumplir ninguna ley y ese tipo de chorradas, pero la voz del chico que le atendió parecía sincera.

 Bajó la mirada, pensativo… Si no había ido al hospital, ¿dónde podría estar? ¿Habría vuelto a su casa y se habría arrepentido de la idea del suicidio? Tenía que dar con ella pero, ¿cómo?

Manuel pensó en que en cualquier momento podía volver su mujer. Se dio cuenta de que no tenía fuerzas para enfrentarse a ella, al menos no de momento; así que quiso desaparecer de allí cuanto antes. Se olvidó de cambiarse la ropa, total, ya estaba seco… Cogió el medallón, su cartera, el móvil y desapareció.

Necesitaba un lugar donde estar tranquilo y poder pensar. Conocía un lugar, un café cerca del puente donde había saltado la chica del abrigo verde aquella misma mañana que ya había visitado otras veces. Estaba en la parte más vieja del pueblo, y allí la gente llevaba un ritmo de vida muy ancestral. Vivían del ganado, de la tierra y de los oficios de toda la vida. Había alfareros, garroteros, gente que trabajaba el mimbre, incluso los artistas se habían instalado allí para pintar sus cuadros y hacer sus esculturas y obras de arte. Era un lugar tranquilo y apacible, donde todo el mundo iba a la suya, pero a la vez sabía si todo iba bien en casa del vecino. Las mujeres salían en ocasiones con bizcochos y galletas que habían hecho para llevarle a alguna vecina con la que mantenían más amistad, o con productos de la huerta que, en caso de no darles salida se echarían a perder. De alguna manera, cuidaban unos de otros, cada uno estaba en su casa pero, a la vez, una parte de ellos estaba en la de todos, como una gran familia.

Manuel bordeaba el río sin dejar de mirar aquel puente romano de considerable altura. Tenía un nudo en el pecho, pero al percatarse se lo reprochó e intentó deshacerse de él. Tenía que ser fuerte y no podía dejarse llevar por las emociones. Detrás de una vendría la otra, como una reacción en cadena, y sabía que su relación de pareja sería lo próximo que afloraría. De pronto, le dio unas punzadas terribles la cabeza. Tuvo que pararse y agarrarse al murete del paseo del río. Tras unos segundos, recorrió los veinte metros que le restaban y tomó asiento a la sombra de una sombrilla cuadrada, cuyo mástil pasaba por un agujero en el centro de la mesa hasta insertarse en un contrapeso de hormigón que descansaba bajo la misma y que impedía poder estirar las piernas debidamente. Así que Manuel colocó su silla de lado, mirando hacia el río y reposó a la espera de que el camarero llegara.

A aquellas horas de la mañana reinaba la tranquilidad, se oían los pájaros cantar y el sol empezaba a calentar. Dos mujeres dialogaban con sendas bolsas de la compra en sus manos. Al otro lado, un viejo tejía lo que parecía que iba a ser una cesta de mimbre. Se percató de que lo estaba observando y Manuel desvió su mirada al frente de nuevo, donde las aguas del río seguían su curso, transparentes y frías.

Cuando llegó el camarero Manuel pidió un café solo, y dejó que la paz de aquel momento le permitiera poder recobrarse de todo lo que había sucedido a lo largo de lo que llevaba de mañana. Aún continuaba el nudo en el pecho, pero había bajado su intensidad. De alguna manera, lo celebró porque le permitiría continuar sobreviviendo un minuto más, una hora más, un día más… sin venirse abajo. Se aferró a aquella silla, a aquella mesa, a aquel río… a aquel momento.

Entre los mil pensamientos que rondaban su cabeza, a Manuel se le coló el del medallón que aún estaba en su bolsillo. Al sacarlo se le cayó al suelo.

―¡Maldita sea!

Se había hecho una muesca con forma de cuña en el canto. Le quitó importancia. Comenzó a examinarlo con calma… El sol y la luna. ¿Querrían hacer referencia a los ciclos que suelen darse en la vida: noche-día, vida-muerte, las estaciones del año…? ¿O quizá al bien (el día) y el mal (la noche)?... Los rayos del sol apuntando hacia adentro en lugar de hacia afuera, como si todos los símbolos que había fuera del círculo central influyeran o tuvieran algo que decir en ese devenir de la noche y el día. Y los símbolos externos… El esqueleto de la bandera pirata estaba claro: muerte. Venía en todas las botellas de veneno, en los frascos de detergentes, pesticidas y otras drogas. El doble infinito, el punto, el árbol de flechas, la línea horizontal… y la convexa en forma de boca triste. ¡Buff! Complicado.

Y luego, también, los símbolos que había en el interior del círculo central. ¿Tenían algo que ver con los exteriores? ¿O eran independientes? ¿Qué diferencia había entre los unos y los otros? Una especie de doble cruz, como reflejada sobre una línea horizontal, un árbol dentro de un círculo, “el árbol de la vida” creía que le llamaba la gente, lo había oído en alguna ocasión. El círculo dividido en cuatro partes mediante pétalos… Y las líneas divergentes que salían también desde el centro de la luna, como si fueran el agua de una fuente saltando hacia el extremo opuesto… Eran muchas incógnitas a resolver. Probablemente, lo primero que tendría que hacer era empezar a ver similitudes o conexiones entre los símbolos que conocía. Eso puede que empezara a dotar de significado a aquel medallón.

El camarero llegó con el café. Manuel le dio las gracias y sacó el móvil para seguir buscando información sobre los símbolos. Como el que más le intrigaba era el de la calavera, se puso a buscar sobre ella. Lo que encontró hablaba sobre dos posibles acciones que hacían los piratas cuando se cruzaban con un barco y alzaban su famosa bandera. Una primera intención podría ser darle a entender a la desafortunada tripulación con la que se cruzaban que iban a por ellos y que no iban a hacer prisioneros ni preguntas. La otra posibilidad era la de intimidar a la tripulación del barco al que se pretendían enfrentar para que, por miedo, se rindieran sin disparar ni un solo tiro y así poder coger intacto el botín, que podía ser desde el propio barco hasta el cargamento.

Manuel se quedó pensando. Aquello ampliaba un poco más el simbolismo de la calavera que él conocía. No solo se le podía otorgar el significado de “muerte”, sino también el de “miedo”. Cogió una servilleta, pidió un bolígrafo al camarero y apuntó todo lo que iba averiguando. Pensó que, si lo hacía así y veía plasmadas las conclusiones a las que llegaba, le sería mucho más fácil encontrar relaciones entre los diferentes símbolos.

Siguió en el medallón, en el sentido de las agujas del reloj, por el árbol de flechas. ¿Era un árbol realmente? En realidad, parecía más bien una flecha que se bifurcaba en cinco puntas. Cada una de ellas apuntaba hacia una dirección distinta. Una al frente y dos más a cada lado. Buscó información al respecto y pareció gustarle algo que leyó. Meditó sobre ello.

¿Simbolizaría aquel símbolo los diferentes caminos que puedes escoger? Y, ¿dónde?… ¿En la vida?”

Manuel dibujó en la servilleta el símbolo y apuntó al lado “los diferentes caminos que se te presentan en la vida”. Lo pensó mejor y añadió “diferentes caminos para solucionar un mismo problema”, “dudar ante qué camino escoger”. Lo miró esperanzado; aún era muy pronto para especular, pero si juntaba la calavera con el árbol de flechas, podía componer algo parecido a “miedo ante el camino a escoger”, o “si confundes tu camino ¿morirás?” ¡Upps! Tenía que averiguar más o sería todo especular sin sentido.

Pasó al siguiente símbolo: ¿una línea que parecía un guion? ¿Qué carajos era eso? O tal vez era un signo “menos”, o una tibia en horizontal… Manuel se desesperó una vez más. Se llevó la mano a la frente y se la frotó enérgicamente.

―Con esa torpeza que demuestras nunca lo vas a descubrir.

Manuel tardó unos segundos en procesar aquellas palabras. Al principio era solo ruido, luego logró articular el significado de la frase. Posteriormente, se dio cuenta de que esa frase era real y no parte de sus pensamientos y había sido lanzada por alguien, y que probablemente sería a él, ya que en aquel momento muy poca gente había a su alrededor. Levantó entonces la cabeza enérgicamente y comenzó a buscar con ansia su procedencia.

Se dio cuenta de que el viejo que estaba haciendo cestas de mimbre sonreía y de que era la persona que más cercana tenía.

―¿Es a mí? ―preguntó Manuel, confundido.

―¿Tú que crees, palurdo?

Manuel se sorprendió ante la vehemencia de aquel hombre. ¡Qué gesto tan torvo!, qué violencia en su mirada. Iba a responderle como se merecía, pero pese a que era un viejo, algo le dio miedo de él.

―¿A qué viene eso? ―dijo al fin.

―A que eres un palurdo lleno de miedo y no serías capaz ni de evitar que a tu mujer se la follara tu amigo en tu propio dormitorio.

A Manuel le dio un vuelco el corazón. El viejo lo notó y sonrió.

Logró controlar su ira y no partirle la cara.

―¡Váyase a la mierda, viejo imbécil! ―le espetó desbordado de rabia, e intentó volver a centrarse en su tarea, pasando por alto aquel comentario que le había estremecido y hecho recordar la amargura vivida aquella misma mañana.

En el tiempo que le dio a Manuel para bajar la mirada y llevarse de nuevo la mano a la frente notó una presencia. Levantó la cabeza de nuevo y se asustó al ver al viejo delante suyo.

―¿Cómo…? ¿Cómo ha hecho eso?

―¿Cómo he hecho el qué?

―Es imposible que haya venido tan rápido… Da igual, déjelo.

Manuel creyó desvariar. Seguramente perdió la noción del tiempo, estaba muy mareado y habían pasado muchas cosas esa mañana y, a decir verdad, no llevaba una temporada muy buena que dijéramos. En verdad, no recordaba la última vez que había sido plenamente feliz. El viejo se sentó a su lado.

―¿Qué hace? ¿Quién le ha dado permiso…

―¡Cállate!

La mirada del viejo se perdió más allá del río durante unos segundos. Parecía inmerso en algún mundo lejano. Manuel trató de mantener la compostura y no ceder ni un ápice ante aquel hombre. No le iba a permitir que le faltara al respeto. Si quería hablar que lo hiciera, pero si no le gustaba lo que decía lo echaría a patadas de aquella mesa.

Sintió de nuevo el nudo, esta vez arriba del estómago, y quemaba. Era miedo, lo reconoció. Volvió a meterlo para adentro y se enfrentó al que se había sentado a su lado.

―Bueno, ¿me va a decir qué coño es lo que quiere, viejo imbécil? ―dijo palmeando la mesa con fuerza.

El hombre pareció no hacerle mucho caso. Permaneció unos segundos más callado y, de repente, como si volviera en sí habló a Manuel.

―Eres muy torpe.

―¿De qué está hablando?

―No sabes ni reconocer tus propios pecados.

―¿Mis pecados? ¿Qué coño está diciendo?

―Los tienes delante: por orden y empezando por la calavera (aquí tienes el miedo), el árbol con las flechas (que es la duda), la línea horizontal (que representa la apatía), el punto (que nos habla de encerrarse en uno mismo y de la falta de autoestima), el círculo con líneas oscilantes (la falta de estructura interna), la línea convexa (la tristeza), y el doble infinito (la desconexión contigo mismo, y la incapacidad para aprender de tus errores). Y en el centro los cuatro elementos (aire, tierra, fuego y agua) representados por el círculo con los pétalos, la cruz de las catacumbas (que nos habla de los opuestos, como lo hace el Ying y el Yang), y el árbol de la vida (que nos habla de nuestro propio proceso vital). El medallón ese que llevas refleja tu personalidad. Solo tienes que fijarte en los símbolos. Aunque sospecho que eres incapaz de verlos aunque los mires, ¿me equivoco?

Manuel abrió unos ojos como platos, incrédulo. No respondió.

―Tienes mucho miedo, y así nunca vas a encontrar lo que buscas.

―¿Y qué sabe usted qué es lo que busco? ―atinó a decir.

―Claro que lo sé. Te digo que está escrito en ese medallón ―el gesto del hombre pareció ablandarse de repente, como si fuera bipolar―. Sé todo de ti.

Manuel no se podía creer lo que estaba pasando. Y, encima, la mirada del viejo se le metía hasta las entrañas.

―Estás perdido, estás tan perdido que no puedes mirar directamente a la vida a los ojos y darte cuenta de quién eres realmente. Si quieres afrontar las cosas como un hombre debes bajar a los infiernos, aunque se te lleven por delante.

―Pero, ¿qué dice? No tiene ningún derecho a opinar sobre mi vida. ¿Quién es usted, si puede saberse? ¿De qué me conoce? ¿Quién le ha dado derecho a meterse en mis asuntos? ¿Alguien le ha pedido su opinión?

La mirada del hombre volvió a endurecerse y un escalofrío recorrió la espalda de Manuel.

―La chica, ¿quieres saber quién es?

―¿Qué chica?

―Tú eres tonto, de verdad… La del medallón. Como si no lo supieras.

―¿Qué sabe usted de la chica del medallón? ―preguntó Manuel, inquieto.

―Lo sé todo, y tú pareces no saber nada. No tienes ni puta idea.

―¿Sabe que saltó esta mañana del puente para intentar suicidarse?

El viejo se le quedó mirando y estalló en una sonora carcajada que duró varios segundos, ante los que Manuel se sintió bastante incómodo y violentado.

―¿Se está riendo de mí?

―¿Todavía lo dudas? ―respondió el viejo secándose las lágrimas―. ¿Qué sabes tú de esa chica?

Manuel notó como el viejo lo miraba muy detenidamente, esperando aquella respuesta.

―No sé nada. Esta mañana pasaba por el puente y la vi con intención de saltar. Cuando me acerqué gritándole que no lo hiciera, ella se lanzó al agua. Pensaba que había muerto por el impacto, pero poco después la vi tumbada en la orilla. Cuando bajé a buscarla para ver cómo estaba había desaparecido. No hay noticias de ella en el centro de salud y lo único que dejó fue un abrigo en el que estaba este medallón, cosido al forro ―. Manuel se lo mostró al hombre.

―¿Eso es todo? ¿No recuerdas nada más?

Manuel negó con la cabeza.

―Pues entonces no sabes nada, tal y como me imaginaba. Esto es peor de lo que creía.

―Pero, ¿usted la conoce?

El hombre ignoró la pregunta y le pidió el medallón para verlo. Manuel dudó al principio, pero extendió el brazo finalmente y se lo entregó. Estuvo observándolo mientras tocaba los símbolos troquelados como haría un ciego ante un texto de Braille.

―Estás muy perdido, chico. Esto requiere de medidas muy drásticas. Acompáñame. El viejo le entregó el medallón de nuevo, se levantó y se dispuso a marcharse.

―Espere, no he pagado ―Manuel se sacó del bolsillo unas monedas y las dejó sobre la mesa mientras se apresuraba en seguir los pasos del viejo. Estaba ágil, pero en breve se puso a su altura.

―¿Dónde vamos?

―Llévame adonde dices que ha saltado la chica.

Los dos recorrieron los escasos cincuenta metros que les separaban del puente y comenzaron a ascender el empedrado que les llevaría hasta lo más alto, a la altura del ojo románico central. Manuel sintió más intensamente que nunca la desesperación en su interior. Le quemaba el pecho y a duras penas podía contenerlo. “Será porque estoy acercándome al lugar donde ha intentado suicidarse la chica”, se dijo a sí mismo, pero la intensidad de la emoción seguía dentro dando mucha guerra. No quería que el viejo lo notase, así que respiró profundamente varias veces e intentó pensar en otra cosa.

Cuando llegaron, Manuel le explicó que allí fue donde la chica se arrojó al vacío.

―Está muy alto, yo no sé cómo no se mató.

―¿Estás seguro de que no se mató?

―Por supuesto. Yo mismo la vi tumbada en la orilla, y al ir a buscarla había desaparecido, como ya le he dicho.

―De acuerdo, relátame exactamente qué es lo que sucedió.

Manuel volvió al momento de aquella mañana en el que se acercaba al puente, deshecho por lo que había visto en su casa. Decidió, como era obvio, omitir la escena que presenció entre su amigo y su mujer, y se centró en el momento en el que se acercaba a la chica, asustado ante la posibilidad de que saltara.

―¿Y qué hacías a esas horas por aquí? ―sonrió el viejo con la mirada torcida de nuevo.

―¡Eso no es asunto suyo!

―Tranquilo, chico, no te alteres, que te va a dar algo.

―Yo venía gritándole que no lo hiciera, pero ella parecía más asustada conforme yo me aproximaba. De modo que decidí ir andando muy lentamente mientras le rogaba que buscara otra alternativa. Mientras la miraba me pareció ver algo familiar en ella, probablemente será vecina del valle.

―¿Estás seguro de eso?

―No, la verdad. Ya no sé qué es real y qué no, lo he revivido tantas veces en mi cabeza que creo que estoy aderezando lo que pasó con cosas de mi propia cosecha. Ella pareció recapacitar durante unos segundos ante mis palabras y durante un momento pensaba que lo iba a conseguir, que no iba a saltar, pero cuando estaba a unos diez metros se asomó y pasó una pierna por encima del muro.

―¿Cómo lo hizo?

―Así ―Manuel levantó su pierna y mostró la acción que inició la chica apenas dos horas antes. De manera increíblemente ágil, el viejo se agachó, agarró la pierna de apoyo de Manuel en el suelo, y la levantó con una fuerza tremenda, precipitando a Manuel puente abajo.